jueves, 17 de enero de 2008

Yo quiero dibujar un sueño

Por Alberto Morlachetti

(APe).- Bandas violentas de limpiavidrios se adueñaron de las esquinas porteñas, denuncia Clarín el 30 de diciembre. Son grupos de limpiavidrios de 2 a 5 pibes que actúan en forma agresiva y se apropiaron de los principales semáforos porteños, como el de Libertador y Pueyrredón o el de Santa Fe y Juan B. Justo, donde prestan un servicio que nadie les pide.
La condena a los niños y niñas pobres por carencias de bienes genéticos fundamentales o por no haber aceptado resignadamente las consecuencias de sus destinos por socialización, es el camino más corto entre la imposibilidad de tolerar la situación y la imposibilidad de transformarla.
Los chicos no tienen tiempo de llorar amores perdidos, todo anochecer es un funeral de sueños. Los pibes se atreven a irrumpir en urbanizaciones que no son las suyas. Desplazados de barrios donde nadie registra sus pisadas se domicilian en otras esquinas y a puro balde y trapo se paran delante de los parabrisas para apurar el brillo, para ganarse una moneda de las chiquitas, de ésas que no pesan nada en el bolsillo ni en el alma.

La totalidad de abandonos y hambrunas previas -productoras de consecuencias esperables- no detiene a los gobernantes que tratan de prohibir, denigrar, reprimir los “desechos urbanos” que “ofenden la mirada colectiva”, pero el mar de la pobreza no sabe de orillas y desborda las calles con sus aguas azules: los pibes no saben de ordenanzas y seguirán despertando la ira en las ochavas.

Los puñetazos contra los niños abren una llaga incurable en la memoria. Algo sucede en alguna parte de la sociedad argentina con la que no podemos reconciliarnos. Ninguno de nosotros puede hacerlo.

-I-

El diputado por el Partido Conservador Luis Agote manifestaba en Mayo de 1919: “Yo me he preguntado cómo es posible transitar por las calles de Buenos Aires viendo esa turba de niños abandonados en los portales como pájaros, en contacto con el crimen y el vicio. Este es un asunto cuya solución urge, porque cerrará las puertas a los futuros criminales de mañana”.
“Los señores diputados habrán visto en aquellos días que hoy llamamos ‘la semana trágica’, que los principales autores de los desórdenes, que los que iban a la cabeza en donde había un ataque a la propiedad privada o donde se producía un asalto a mano armada, eran los chicuelos que viven en los portales, en los terrenos baldíos y en los sitios obscuros de la Capital Federal. Si los señores diputados observan quiénes venden los diarios hoy en la capital, se apercibirán que desde un tiempo a esta parte ya no son muchachos de corta edad, sino niñas de ocho, diez o doce años; y ya podrán figurarse cuál será el fin fatalmente ineludible que van a tener estas criaturas cuando tengan unos años más!”
Podríamos decir -como Borges- que basta una sola repetición para demostrar que el tiempo es una falacia.

-II-

Yo quiero dibujar una utopía con el rojo de tu vergüenza, Negro, no con aquellos que nunca pusieron sus vidas para el misterio que va a venir -como decía Gelman- sino con aquellos que se beben de un solo trago el sol tierno de la media tarde y la belleza de María que amamanta las conspiraciones.

Fuente de datos: Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, Mayo 30 de 1919, Reunión No. 5

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